Simonetta Vespucci, el trágico amor de Botticelli

Sueño con abrazos nunca dados imaginando el momento de besarte, y en cada brochazo que dé, te demostraré mi amor hasta el fin de mis días».

Estas palabras parecen brotar de lo más profundo del mítico Sandro Botticelli, quien, embriagado de amor, inmortalizó en todas las mujeres que ha pintado, el rostro de Simonetta Cattaneo, su musa y eterno amor prohibido.

Alessandro di Mariano di Vanni Filipepi, como era su nombre de nacimiento, guardó en silencio sus sentimientos hacia Simonetta. Sin embargo, su delirio por ella trascendió los siglos a través de los perfectos trazos de sus obras.


s, que llega del mar sobre una concha empujada por los dioses, después de haber nacido de los genitales del dios urano. La escena simboliza la encarnación, donde la “diosa” espera ser cubierta por una túnica roja en representación de que obtendrá un cuerpo material.

Quizás de esta manera, el pintor manifestó su deseo de volverla a la vida, en un renacer como diosa del amor y la belleza, tal como sus ojos enamorados la veían.

Con el paso del tiempo, este cuadro logró convertirse en un símbolo de la pintura italiana del siglo XV y la obra más representativa del artista.

La mujer más bella del renacimiento

Pero, ¿quién era esta joven?, ¿qué tenía de especial para haber cautivado a Botticelli?

De cabellos dorados y largos, ojos claros acompañantes de una mirada dulce, y una piel suave y pura como la blanca nieve, así describieron los historiadores a esta joven, hija de un noble genovés, que nació un 30 de marzo de 1453.

Simonetta no solo enamoró al hombre con quien se casó cuando apenas tenía 16 años, Marco Vespucci, sino a todos los hombres, artistas y aristócratas de la Florencia renacentista, entre ellos, a los hermanos Lorenzo y Giuliano de Medici, mecenas de –entre otros- Sandro Botticelli, quien reservó su corazón para siempre a la hermosa joven.

Tiempo después la belleza de esta joven se extendió por toda Florencia. En 1475, durante la celebración de un torneo de justas, fue proclamada “Reina de la belleza”, lo que hizo que su fama como la mujer más hermosa de Florencia recorriera toda Europa.

El amor imposible que se convirtió en leyenda

Botticelli se pasó la vida retratándola e inmortalizándola a través de sus pinturas, él quería hacer realidad su sueño de vivir con su recuerdo por el resto de su existencia. Así lo demuestra el cuadro Venus y Marte, en el que los dioses del Olimpo son representados por Simonetta y Boticelli juntos como una pareja.

Y qué hablar de los labios carmín de la Virgen de la Granada o el perfil femenino y delicado de la Madonna del Magnificat. No es casual la belleza y perfección que el pintor trazó en sus cuadros, según algunos historiadores hay un simbolismo oculto detrás de la expresión facial de su musa: melancolía, o la angustia de un amor imposible.

Fue tan genuino el amor que Sandro Botticelli sentía por Simonetta que nunca contrajo matrimonio y pidió que, a su muerte, sus restos fueran sepultados junto a los de su “amada”.

En 1510, 34 años después de la muerte de Simonetta Vespucci, Botticelli fue enterrado a los pies del sepulcro donde yacía el cuerpo de quien fuese el amor de su vida en la Iglesia de todos los Santos de Florencia, Italia.

Su deseo fue cumplido, quizás en un último intento por desafiar al destino y a la vida que los había separado, al fin la muerte los unió para siempre.

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