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La saga sangrienta de Ted Bundy

Perverso con compulsión necrofílica. Ese fue el dictamen médico para Ted Bundy.

Un hombre atractivo, con dos títulos profesionales, todo un golden boy y encantador en todos los aspectos, pero que se convirtió en el mayor depredador de mujeres. ock-quote»>


La prensa interpretó muy mal el encanto personal de Ted Bundy. No era el Rodolfo Valentino de los asesinos seriales, como se dijo. Era un hombre brutal, sádico y pervertido.

Su verdadera pasión fue asesinar. Sin embargo, la tuvo muy bien escondida bajo una carátula de carisma, sonrisa, lenguaje suave y personalidad envolvente.

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Gozó de excelentes notas académicas en la Universidad de Washington y de Puget Sound, Tacoma, logró una licenciatura en Psicología y más tarde, una en Derecho.

Fue calificado por los profesores como un alumno “brillante y sobresaliente”.

Ahora bien, en su interior vivía un gran monstruo que no se formó de un día para otro.

Los problemas psicológicos de Bundy comenzaron desde su infancia, cuando su mamá se hizo pasar por su hermana mayor porque salió embarazada muy joven y su abuelo no quería que se supiera la verdad.

Tampoco nunca se supo quién fue su padre, fue registrado como hijo ilegítimo.

Estos hechos marcaron su personalidad.

Hacia 1950, su progenitora conoció a Johnnie Culpepper Bundy. Se casó con él, tuvieron cuatro hijos y Ted adoptó su apellido.

A sus 21 años, conoció el amor en Stephanie Brooks, tan bella como inteligente. Para ella, el amor de él no fue suficiente.

Puso fin a la relación, porque “Ted no tenía las metas claras en la vida”. Al parecer, la ruptura desencadenó los terribles sucesos que marcarían la historia criminal. Aunque el brutal cambio, aún tardaría.

Ted albergó mucha rabia y resentimiento. Además, de desarrollar un poco de voyerismo. Disfrutaba ver a sus vecinas desnudas desde la ventana de su casa.

Por un tiempo, fue una especie de héroe en su ciudad. Un policía lo condecoró por salvarle la vida a un niño de tres años que pudo morir ahogado. También se relacionó con altos personajes del Partido Republicano con intención de entrar en la política.

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Carrera de sangre y muerte

El 4 de enero de 1979 comenzó con lo que lo haría una «leyenda»…

Ese día entró al cuarto de una estudiante, Joni Lenz, de 18 años, la golpeó mortalmente con una barra de hierro y la violó con la pata de una cama.

Tardó solo un mes para cometer su segundo asesinato. Atacó a la estudiante Lynda Ann Healy, de 21 años, en su dormitorio. Se llevó el cadáver el cual apareció un año después, enterrado en una montaña cercana a la Universidad de Washington.D

Hasta los momentos, la policía no había vinculado los crímenes. En la primavera de 1974, desaparecieron varias estudiantes y madres jóvenes. Eso fue una señal de alarma.

Ya con ocho víctimas, los investigadores comenzaron a encontrar patrones y un modus operandi.

El criminal cometía sus fechorías tanto de noche como de día. Solo contra mujeres jóvenes. Según los testimonios, era un hombre apuesto que iba cargado de libros, con un brazo enyesado, que pedía ayuda a chicas para entrar en su auto, y a veces para hacerlo arrancar.

Poco a poco, las piezas del rompecabezas fueron teniendo sentido. Pero los crímenes fueron mucho más rápidos.

Desde febrero hasta octubre de 1974, se produjo al menos un asesinato al mes. Carol Valenzuela, Susan Rancourt, Roberta Parks, Janice Otto, Melissa Smith, Laura Aimee, Georgann Hawkins, fueron algunas de sus víctimas.

Los asesinatos se llevaron a cabo en zonas como Washington, Utah, Colorado y Florida.

Acercándose a su fin…

Transcurría el mismo año. Ted Bundy se sentía impune y quizás su soberbia fue la culpable de que cometiera su primer error en noviembre.

Cambió su «sistema» y falló en la ejecución. La víctima, Carol DaRonch, pudo escapar luego de forcejear con su secuestrador (Bundy).

Ella luchó con uñas y dientes. Lo golpeó en la cara, huyó y denunció lo sucedido ante las autoridades. Narró el episodio, describió al hombre y al carro. Los expertos pudieron detectar la sangre de Ted en el rostro de Carol.

Mientras tanto, el asesino seguía en lo suyo…

El 8 noviembre de 1974, Debbie Kent, de 17 años, desapareció del estacionamiento del Instituto Viewmont (Bountiful, Utah). Otra denuncia más, con las mismas descripciones.

Bundy decidió cambiar de escenario: las montañas de Colorado.

Ya en 1975, desde enero hasta julio, mató brutalmente a seis mujeres. A fuerza de descripciones, la policía tenía un retrato del asesino.

El hombre decidió moverse. Ir de un estado a otro. Sus asesinatos se volvieron cada vez más erráticos. Dejaba huellas en todos lados.

El 16 de agosto de ese mismo año, retuvieron el auto de Ted. En su maleta, encontraron una barra de hierro, esposas, cinta adhesiva, y otros objetos ligados a los crímenes.

Y así cayó

El juicio comenzó el 23 de febrero de 1976, pero por secuestro agravado. Bundy seguía muy confiado y aseguraba que no tenían pruebas contra él.

Pero a los pocos días, unos cabellos de mujer fueron encontrados por los peritos en el auto. Eran los de las víctimas Melissa Smith y Caryn Campbell.

Ted Bundy afrontó un nuevo juicio. Esta vez, por el asesinato de más de 30 mujeres, aunque se sospecha que hayan sido casi 100.

Las pruebas psicológicas y toxicológicas finiquitaron que no era psicótico, drogadicto ni alcohólico. Tampoco presentaba signos de daño cerebral.

Egocéntrico y soberbio como él, rechazó a los abogados de defensa y decidió representarse a sí mismo. Le permitieron entrar periódicamente a la biblioteca y en una de esas visitas, trató de escapar.

Más adelante, consiguió huir dos veces, en la segunda oportunidad estuvo prófugo hasta por más de un mes.

Durante el juicio, las investigaciones se triplicaron y fueron encontrando los cuerpos poco a poco. Los testimonios fueron aplastantes.

El 31 de julio de 1979, después de un extenso proceso, oír testigos y presentar pruebas contundentes, el juez Cowart lo sentenció a morir en la silla eléctrica.

Bundy nunca se rindió. Siendo su propio defensor, logró tres postergaciones de la pena capital.

Su último recurso para reducir la sentencia, fue confesar dónde ocultó restos de varias de sus víctimas. En ese rastreo se encontraron cabezas. Algunas chicas nunca fueron identificadas.

El asesino de mujeres más grande del mundo fue ejecutado el 24 de enero de 1989 con apenas 43 años. En Florida, donde se hizo el juicio, los ciudadanos salieron a las calles a celebrar el fin de Bundy.

Sus últimos momentos

Antes de morir, llamó por teléfono a su madre y rechazó la última comida que le dan a los condenados.

Meses antes, en una entrevista para la prensa, culpó de su instinto criminal a su abuelo, Samuel Cowell.

Era un tirano abusador y racista. Odiaba a los negros, a los italianos, a los judíos, a los católicos. Torturaba animales. Y coleccionaba pornografía en su invernadero”, Ted Bundy.

Soy el hijo de puta más duro que jamás han conocido. Pero hay personas que al mirarte irradian una especie de miedo. Invitan al abuso. Lo fomentan. Además, ¿qué es uno menos?, ¿qué significa uno menos en la faz del planeta?”.

Según un reciente documental de Netflix, llamado «Conversations with a Killer: The Ted Bundy Tapes» (2019), el criminal se casó con una amiga cercana y procrearon a una hija. No se tienen conocimientos sobre qué pasó con su familia.

Su madre, Louise Cowell (quien siempre creyó en la inocencia de su hijo, hasta que este confesó su «currículo sangriento»), declaró a los medios que «yo no crié a Ted para eso, para asesinar jovencitas». Su tristeza y pesar se evidenciaban: la realidad la abofeteó, ser progenitora de un asesino en serie.

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