Dos secuestros y una historia de amor bajo los ojos del régimen de Corea del Norte

En la década de los 80, una pareja de artistas compuesta por una famosa actriz y un reconocido director, ambos de Corea del Sur, fueron secuestrados por el régimen norcoreano. ¿El objetivo? Mejorar el cine de esa aislada nación.

Luego de colaborar varios años y realizar algunas películas, aprovecharon un viaje al exterior para escapar y regresar a su país de origen.

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El productor de cine, Paul Fischer decidió contar la situación de esta pareja surcoreana en el texto «A Kim Jong-II Production». También en el 2016, se estrenó el documental «The Lovers and the Despot», que dispone de muchísimo material de archivo y testimonios de la actriz.

La experiencia de leer el libro de Fischer y luego ver la película, nos sumerge en uno de los sucesos más apasionantes del siglo XX.

El cine y la dictadura

Varios de los dictadores más conocidos de la historia, han tenido una curiosa afición por el cine. Kim Jong-iI (padre del actual líder, Kim Jong-un) era un gran entusiasta.

A pesar del aislamiento en el que se encontraba su país, se dispuso a tener una espectacular colección de películas. Hasta podría decirse que Kim fue el primero en piratear filmes.

Cada embajada de Corea del Norte tenía una copiadora. Les pedían a los países algunas de las cintas más populares y las duplicaban ilegalmente. La copia era enviada a la capital para Kim. Nadie más tenía derecho de ver esas cintas.

Kim Jong-II tuvo más de 15 mil producciones.

Secuestro de artistas

En el portal vavel cuentan que Shin Sang-Ok (director) y Choi Eun-Hee (actriz) probablemente son dos de las figuras más conocidas en Corea del Sur, no solo por sus grandes carreras artísticas, sino por el secuestro.

En 1978, las carreras de Shin y Choi estaban en su mejor momento. Ambos estuvieron casados durante unos años, e incluso adoptaron dos hijos, pero su matrimonio se disolvió por una aventura de Shin.

A Choi le ofrecieron viajar a Hong Kong a conocer un empresario que quería trabajar con ella y no dudó ni un segundo en volar hasta allá. Sin embargo, al llegar fue secuestrada por agentes norcoreanos.

La actriz fue llevada en barco hasta Norcorea y fue recibida por Kim Jong-II en persona.

Shin se enteró de la desaparición de Choi y fue hasta Hong Kong a buscarla. Habló con la policía, investigó y pidió protección policial porque empezó a hacerse una idea de lo que había pasado.

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No sirvió de nada. Al poco tiempo también fue raptado. Los dos fueron recluidos en aislamiento. Pero Shin, fue quien peor la pasó, ya que estuvo en cárceles comunes, con presos políticos.

Los primeros años viviendo en dictadura fueron extraños. Eran prisioneros del régimen, pero Choi fue llevada a una casa con estilo occidental y con comodidades. Mientras, Shin intentaba fugarse de la cárcel, lo que generó más represalias por parte del Gobierno.

Tras varios intentos de escape, Shin cambió de estrategia. Dedicó su tiempo a escribir cartas proclamando lealtad a Kim, así como su deseo de trabajar con el heredero norcoreano.

Fue liberado de la cárcel en 1983 y luego de algunos años, la pareja fue puesta en contacto el uno con el otro y se les propuso trabajar juntos para darle al cine norcoreano una nueva vitalidad.

El momento del reencuentro estuvo lleno de incredulidad. Pero les tocó sonreír y comportarse como los perfectos súbditos de la dictadura. En ese año y por iniciativa de Kim, se volvieron a casar y aceptaron la propuesta de trabajar juntos.

Cine propagandístico

Las películas realizadas en Corea del Norte eran de la peor rama del cine: propagandístico. Caían en una especie de adoctrinamiento. No obstante, Kim les ofreció filmar casi sin restricciones de presupuesto, pero claro, las cintas tenían que estar en línea con el Gobierno y debían pasar por supervisión.

Los artistas se encontraron en una gran disyuntiva. En infobae, destacan que una de las partes más interesantes del documental, es cuando Choi cuenta que uno de los momentos más plenos de su vida, fue la ovación en una sala llena que recibió en Moscú por una de sus películas norcoreanas.

Mientras tanto, en Corea del Sur pensaban que prácticamente se habían cambiado de bando. La idea de un secuestro, luego de verlos sonreír repetidamente en actos públicos, parecía muy lejana.

Para los artistas, la idea de escaparse nunca se alejó de sus mentes. El primer paso de su plan consistía en obtener pruebas de que habían sido capturados y no habían desertado. Así que grabaron parte de sus conversaciones con Kim en las que demostraban que su estadía en Corea del Norte era forzada.

En un viaje a Austria, tuvieron la posibilidad de huir y pedir asilo en la embajada norteamericana.

Gracias a esta dupla, el cine en Corea del Norte dio un giro. En aquellos tiempos el régimen permitió más variedad en las películas. Incluso algunas de las producciones ganaron premios en festivales en naciones comunistas.

Si está historia te pareció mind blowing, puedes ver el documental
«The Lovers and the Despot» en Netflix.

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