Cómo el cubismo de Picasso revolucionó la forma de hacer teatro

Era 18 de mayo de 1917 y una expectante audiencia se hacía cita en el teatro Châtelet de París.

Justo pasadas las 8:00 pm, subía el telón y el público entre ovaciones y aplausos le daba la bienvenida a: «Parade».

La música de Erik Satie sonaba en todo el auditorio, mientras que en el escenario el ballet de Sergei Diaghilev hacía de las suyas, se paseaban en las tablas con trajes cubistas diseñados por Pablo Picasso, entre espacios del set también sacados de la mente del pintor.

¿La historia? Bastante sencilla.

Tres directores tratando de atraer a la gente hacia sus respectivos espectáculos circenses. Un mago chino, una niña norteamericana y un acróbata, eran los tres actos. Sin embargo, ninguno de los shows logra captar la atención de la gente. Al final tanto actores como directores se agotan, significando así el fin de la obra.

Erik Satie

La presentación que Jean Cocteau había planificado meses antes con Satie, Sergei y Picasso, fue fruto de todo un trabajo en equipo, que esperaban fuese un éxito…

El programa de mano que leían los parisinos minutos antes de que comenzara el evento, había sido escrito por el poeta Guillaume Apollinaire, y decía que «Parade» era una alianza entre la pintura, la danza y las artes plásticas, a fin de impulsar y desarrollar una nueva tendencia artística, una especie de surrealismo, así lo llamaron.

¿Era el escenario perfecto?, right? Pero el contrario, fue todo un fracaso.

Los abucheos inundaron el elitesco Châtelet, a nadie le había gustado la obra… Todo había salido mal, y llegó al punto que el compositor Satie insultó a un crítico musical, llamándolo «estúpido sin música» y por ello, a Satie lo condenaron a ocho días en prisión, pero nunca cumplió esa sentencia.

Mucho más que un teatro…

Pero, «Parade» era mucho más que un fracaso… A lo largo de los años muchos expertos lo consideraron como el primer ballet moderno en su totalidad y abrió paso a todas las representaciones que se siguieron.

La coreografía de Massine hacía referencia al circo extravagante y a la vida moderna mediante movimientos acortados y sin ritmos. En cuanto a la música, Satie introdujo en la partitura instrumentos poco comunes como teletipos, botellas, hélices en marcha, sirenas y máquinas de escribir, siendo uno de los primeros compositores en introducir “el ruido” dentro de una composición musical.

Un maestro del pincel

Pablo Picasso, por su parte, creó una estética innovadora en los trajes de algunos personajes. Empleando pesados cartones pintados de más de dos metros de altura, dejando apenas espacio para que los bailarines pudiesen moverse con leve libertad.

Parte del vestuario original creado por Picasso para «Parade»

Esto representó todo un reto para el pintor malagueño, que lo llevó a sustituir gradualmente el movimiento cubista, del cual era precursor y máximo exponente, por un estilo neorrealista completamente inesperado en su trayectoria.

El renacer del cubismo

Picasso rodeado del staff de «Parade»

En «Parade» convergían las dos tendencias más vanguardistas del momento: el cubismo y el retour à l’ordre, hecho que representó un nuevo escalón en la escalera de los shows teatrales. Picasso contribuyó a hacer comprender que el cubismo no era una simple geometría de formas, sino una transformación del espacio visual.

La genialidad de Picasso se evidencia al contrastar los estilos presentes en su mente, al hacer que la decoración de la escenografía y los trajes combinaran perfectamente. Esto representó la conjugación por primera vez del cubismo y el naturalismo.

Indudablemente, su aporte en «Parade» y en varios espectáculos póstumos en los que participó, fue decisivo, no solo para el progreso de su lenguaje plástico, sino también para modernizar las obras del teatro.

Pablo Picasso

Picasso fue capaz de transformar el escenario en un lienzo en blanco sobre el cual recrear sus ideas, fusionando ritmos y estilos a fin de crear una de las corrientes artísticas más vanguardistas del siglo XX.

“Parade” constituyó un escándalo para el público y la crítica francesa, pero representó un antecedente de lo que Apollinaire denominaría “espíritu nuevo”. Un nuevo renacer del arte.

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